Notas del editor (invierno 2015)

Este post fue publicado con anterioridad en Miudo.

El invierno no es una estación ambigua. Puede ser amada u odiada. Hay quien se pasa el invierno añorando las tardes al sol del verano y quien se pasa el verano añorando sacar de la bolsa de la tintorería el abrigo de plumas. Pero a eso quería llegar yo: del invierno esperamos el frío, los días cortos, las tardes de sofá y sus pelis malas los sábados por la tarde, las celebraciones navideñas y sus agitadas conversaciones sobre política con la familia. El invierno que nos llevó de 2015 a 2016 nos ha dejado, además, el número 2 de la revista más pequeña del mundo.

¿Cuántas veces hay que repetir una misma cosa para que se convierta en tradición? Porque si publicar el editorial de una revista un mes después de su lanzamiento puede ser considerado tradición, nosotros estamos construyendo la nuestra. Aunque pensándolo bien ¿con qué autoridad podemos tratar de asentar una tradición, los que tantas veces hemos ondeado la bandera de la contracultura? La verdad es que no lo sé, pero aquí me tenéis otra vez soltando el rollo.

Personalmente, tenía muchas ganas de que el número 2 llegase a los buzones de nuestros lectores, entre otros mucho motivos porque salvo para los que lo tienen presente en su día a día; el mar –para los que hemos vivido o vivimos en un lugar del interior– es algo que solemos recordar presidido por un intenso cielo azul y con una suave brisa golpeando el algodón de nuestra camiseta. Pero el mar está siempre ahí: primavera, verano, otoño e invierno.

María nos invita con esta foto a reconfigurar nuestro imaginario sobre el mar. Una tarde. Un día cualquiera de invierno. La bruma. La Costa da Morte. Camariñas. El cabo Vilán. Su faro. No sé si he remarcado el “su” en la frase anterior porque es el faro de María o lo que realmente es: el faro del cabo Vilán. Lo cierto, es que cuando empezamos a pensar en los contenidos de Miudo, teníamos claro que María G. Gallego no podía faltar en la lista de personas a contactar.

La pasión de la gallega por los faros la ha llevado a mil y una escapadas por la costa de su tierra y más allá. Una afición que le ha permitido inmortalizar algunas de las más bellas infraestructuras de nuestra historia moderna. Y a los demás, disfrutarlas e imaginarnos evocadoras historias de navegantes de otro tiempo, siguiendo los destellos de una luz procedente de la costa que los guiaría hacia su destino durante sus largas travesías. Otros tiempos. Otras tecnologías.

Por último, tal y como sucedió en el número de otoño, sin que ninguno de los autores conociese a su contraparte ni su trabajo para Miudo, Donacio Cejas nos ha traído el mar en formato distopía. Como María y sus faros, él utilizó la excusa de la construcción de infraestructuras para transladarnos en un viaje hacia adelante, indeterminado en el tiempo, un momento en el que no existen imposibles y donde los más básicos anhelos populares pueden materializarse a golpe de hormigón y contrata. El arquitecto e ilustrador canario, nos hace imaginar un futuro para la ciudad de Madrid bañada por aguas saladas con su afilado e ingenioso estilo narrativo. Un riguroso ejercicio de urbanismo de papel, propio de los estilos políticos de esta España nuestra.

 

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